Se cumple el cincuenta aniversario del Festival de Cante Grande Fosforito en la Villa de Puente Genil (Córdoba). Durante todo el año se están sucediendo multitud de eventos relacionados con esta fecha, así como honores al maestro del cante y referente para una enorme legión de aficionados y cantaores, Antonio Fernández Díaz ‘Fosforito’.

Es uno de los más veteranos festivales veraniegos y mantiene la esencia de muchos de ellos en los que las neveras, las familias al completo, los aficionados locales y foráneos se juntan el 14 de agosto, para compartir charlas, tertulias en la barra y escuchar a quienes son los grandes protagonistas.

 

Sorprendente es que el patio del colegio donde se celebró acogiera a nada menos que mil seiscientos aficionados. No quedan festivales en Andalucía que lleguen a esta magnánima cifra. Sin embargo, la afición en La Puente es grande.

Fosforito fue maestro de ceremonias aunque permaneció en el patio de butacas hasta que finalizó alrededor de las cinco de la madrugada.

Hubo acto institucional y palabras del alcalde Esteban Morales, que hizo entrega de un cuadro a Fosforito y una placa conmemorativa.

La presentación, a cargo de Juan Ortega, una vez desarrollados dichos actos protocolarios, abrió las puertas al cante del artista local David Pino. Profesor de guitarra, investigador y gran conocedor de los entresijos de lo jondo, brilló en una noche de altibajos en el escenario. Con las guitarras de Gabriel Expósito y José Tomás, y las palmas de Ricardo Gutiérrez y Clara Gutiérrez arrancó por malagueñas de corte chaconiano derivando a serrana y verdial. Una de sus virtudes es saber elegir las variaciones musicales que se alejan del dogmatismo al que a veces está sometido el cante. Porque la frescura de la serrana introducida entre cantes malagueñeros no es muy habitual. Alegrías, seguiriyas de Jerez con cierre de Manuel Molina, y variaciones por tangos completaron un recital que sin duda, fue de lo mejor de la noche. Quizás por abrir el festival hubo quién esperaba menos, pero el notable alto de su actuación nos hizo volver a recordarlo ya de madrugada.

 

El sevillano José de la Tomasa junto a Paco Cortés, recogieron el testigo de Pino. Tomasa, maestro en plena madurez artística, luchó contra su garganta y el viento para dar todo de sí. Su voz rozada, le pasó factura desde el taranto con el que principió hasta la seguiriya. Luchaba contra viento y marea para demostrar todo lo que es y lo que ha dado al cante. Paco Cortés, acompañante de lujo, tuvo que sortear la marejada de los tercios extensos en la tanda de soleares del sevillano. Por fandangos se acordó del Sevillano, de Juan el Camas y de Manuel Torre. Ya en su último cante (seguiriyas) y fuera casi de tiempo, pues las indicaciones eran de cuatro cantes por artista, se encomendó a los duendes y puso la carne en el asador.

Entrada ya la media noche, Carmen Linares, la gran dama del cante, se preveía plato fuerte de la noche. Y así lo fue, pero de la primera parte del festival. Siempre es un placer escucharla, porque en su voz y en su cante se encuentra una buena parte de la historia del flamenco de los últimos cincuenta años. La dulzura, a la vez que la sabiduría con la que encara los cantes junto a Salvador Gutiérrez en la guitarra son admirables, desde el mirabrás, cantiñas y alegrías hasta la soleá, la taranta y cartagenera o la ronda de fandangos de Huelva con la que terminó.

Como es de recibo en estos festivales veraniegos de gran formato, el intermedio se aprovecha para preparar el escenario para el baile.

Abrió la segunda parte el jerezano de larga estirpe flamenca Antonio El Pipa, con un sello muy personal, que bailó taranto y alegrías. Sus formas son muy reconocibles: unos brazos que dibujan líneas en el aire y que representan su mayor virtud. Sus poses toreras son otra de su seña de identidad, repetida sin cesar pero de bella estampa. Le acompañaron en el atrás las voces de Felipa del Moreno, Sandra Zarzana y Carmen Cantarota, junto a las guitarras de Javier Ibáñez y Juan José Alba. 

Fue la granadina Marina Heredia quién triunfó y se llevó de calle al respetable. Es probablemente, la más flamenca de todas las cantaoras de su tierra, con un metal de voz inimitable. Le secundó la guitarra de José Quevedo ‘Bolita’. La del Albaicín, a pesar de su juventud, está en lo más alto de su carrera. Heredera de una saga de artistas (Jaime El Parrón, La Porrona…) ha sabido hacer de su cante un eslabón entre la tradición y la vanguardia. Será por esto que no deja indiferente y gusta tanto al más cabal como al más neófito de los aficionados. En su intervención, arrancó por alegrías, soleá, incluyendo una variación por fandangos, una larga tanda de tangos Made in Graná y cierre por bulerías. Fue la primera vez de la noche que el público pidió el bis; puesto en pie y con ganas de más Marina. Remató con un cuplet por bulerías en recuerdo a Adela la Chaqueta.

Otro cantaor local, Julián Estrada, volvió a pisar las tablas del que ya es para él un escenario fetiche. Lo quieren en su tierra y se nota. Quiso agradar y romper el molde desde que empezó por tonás. Sabedor de sus facultades, las exprime con rotunda solemnidad y fuerza en la ejecución, midiendo y jugando con los tiempos y los tonos de manera pulcra. Con la guitarra de Manuel Silveria, acompañante habitual, siguió por soleá. En la ronda de cantiñas y derivados les acompañó Jesús Zarrías y las palmas de los hermanos Gamero. Tras los tientos y tangos, fandangos con letras personales y dedicatoria al maestro pontañes (posiblemente creación de Emilio Pozo): ‘Cincuenta años de cante, se celebra este día, se lo debemos al más grande, Antonio Fernández Díaz, llave de oro del cante’. Ahí queda eso. Remató con fandango largo del Carbonerillo exponiendo sus facultades al límite.

El tercio de muerte, haciendo símil con el toreo, lo llevó a cabo el chiclanero Antonio Reyes. Entre los de su generación es de los que más expectación levanta. Su voz aterciopelada, entre la melaza y el Oloroso jerezano gusta a todos. Se escuchaba entre los aficionados presentes que era el cantaor de moda, el que más festivales hacía. Posiblemente sea así; pero no cabe duda que se lo ha ganado a pulso. Entre sus virtudes, ejecutar el cante en unos tiempos aletargados que le dan solemnidad. Con la guitarra de Diego del Morao y las palmas de Juan Ramón Reyes, Tate Núñez y Diego Montoya comenzó con soleá, seguida de tangos, que viajaron a Extremadura en casi todo el recorrido musical, seguiriyas, bulerías y fandangos a petición del público. Rozaba las manillas del reloj las 5 de la madrugada y a pesar de que un rato antes, algunos aficionados de cierta edad ya abandonaban el recinto, Antonio supo enganchar al resto hasta que se apagaron las luces.

Festival Fosforito